RICOBLOG

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sábado, 26 de marzo de 2011

VALORES - VII (COMPASIÓN)

Podríamos considerar la compasión como la capacidad de sentirnos cercanos al dolor de los demás con la predisposición de proporcionar alivio. Una proximidad no física, ni emocional pues debe de tratarse de una cercanía proveniente del sentimiento de compromiso, de responsabilidad y de preocupación por quien sufre. La dificultad reside en que no siempre es fácil aplicar o llevar a la práctica aquello que nos proponemos por lo que determinadas acciones no van más allá de quedarse en “buenas intenciones”.
Diariamente ocurren a nuestro alrededor todo tipo de desgracias, más o menos cercanas a nosotros: Desastres naturales, accidentes, guerras, etc. Compadecer es una forma de compartir y participar en las desgracias y adversidades de los demás, por tanto, compadecer no es sentir lástima, a veces contemplamos una desgracia como algo sin remedio y nos produce escalofríos la simple idea de que nos pudiese pasar a nosotros, lo que nos lleva a pronunciar alguna frase de condolencia como ¡Ha sido horrible!, pero muchas veces no hacemos nada más.
Los grandes desastres nos mueven a realizar campañas, colectas o prestar apoyo en labores de ayuda humanitaria, pero el tiempo pasa y va haciendo más distantes los contratiempos de los demás, ese desinterés creciente que nos conduce al olvido o a la indiferencia nos convierte en indolentes, egoístas y centrados en nuestro propio bienestar y acabamos olvidando, el hambre, la opresión, las epidemias y en definitiva las miserias de los demás. Pero la compasión no está absolutamente ausente en nuestros comportamientos, algo nos recuerda que son los que están a nuestro alrededor los que precisan de nuestra compasión, transformada en actitud de servicio. Este concepto de compasión suele estar en nuestro día a día a través de pequeños actos que realizamos, pero el ser pequeños no impide que cada uno de ellos contribuya a mejorar nuestra calidad humana, si realmente los acometemos de forma sincera y desinteresada, como: La participación en actividades de asistencia social en colectivos marginados, o, visitar a un pariente o amigo que padece una enfermedad o ha sufrido un accidente, interesados en su recuperación y procurando aportar alivio.
En el texto por el que anunciaba una serie dedicada a los valores éticos y morales, mencionaba la transversalidad de muchos de ellos y este es un claro exponente de ello y es que con la compasión se reafirman y perfeccionan otros valores: Generosidad, servicio, sencillez, solidaridad, etc., ya que compasión implica poner recursos y tiempo propios a disposición de los demás sin distinción alguna por la condición de los destinatarios, para hacer propios los problemas ajenos.
Aunque la compasión nace como una profunda convicción de procurar el bien, debemos encaminar nuestros esfuerzos a cultivar este valor lleno de oportunidades para nuestro crecimiento personal:
  • Esforzándonos en comprender que muchas veces las circunstancias, la falta de formación o de experiencia hacen que las personas cometan errores: No permitamos que los demás “se las arreglen como puedan” y hagamos lo necesario para ayudarles.
  • Observemos quienes a nuestro alrededor padecen una necesidad o sufren contratiempos, y decidamos, sin discriminación, como podemos ayudar.
  • Rechacemos la tentación de hacer notar nuestra participación o esperar cualquier forma de retribución o recompensa, en ese caso sería soberbia e interés.
En definitiva, la compasión va más allá de los acontecimientos y de las circunstancias, se centra en las personas, sus necesidades y sus sufrimientos, con una actitud permanente de servicio, ayuda y asistencia. La compasión desactiva sentimientos como la lástima, la indolencia o el egoísmo.

viernes, 25 de marzo de 2011

NO TE COMAS "LA COMA"

Es bastante habitual valorar aquello que es grande, ampuloso monumental, grandioso… y dejamos de prestar importancia a las “pequeñas cosas” y en lenguaje escrito, salvo el punto, no hay nada más pequeño que la coma.
A veces dudamos en donde colocar la coma, a veces hacemos un uso prolijo de ella y a veces, simplemente, la omitimos, pero… la ausencia o presencia descuidada de la coma puede cambiar el significado de un texto. Julio Cortazar decía que “la coma era la puerta giratoria del pensamiento” ¡Y es cierto!, precisamente por esa trascendencia que tiene en el significado del texto en función del lugar donde se la coloque, y si no veámoslo:
Si yo escribo: “Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría a cuatro patas en su busca”, es decir, el hombre sería perseguido por la mujer, pero si cambiamos la coma de lugar, manteniendo la literalidad de la frase y escribimos: “Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría a cuatro patas en su busca”, tendríamos que los papeles se han intercambiado y ahora sería la mujer la perseguida por el hombre, para ello solo ha bastado poner la coma detrás de “tiene” o detrás de “mujer”.
Veamos algún ejemplo más:
“No es broma”, estoy diciendo que lo que sea no tiene nada de gracioso y deberemos tomárnoslo en serio, sin embargo, si escribimos “No, es broma”, podemos tranquilamente esbozar una sonrisa porque estamos ante algo a lo que no debemos conceder trascendencia alguna.
En la antigua Gracia, las pitonisas del Oráculo de Delfos, siempre adivinaban la suerte que correría el soldado en la guerra. Sus profecías se cumplían siempre, pues a la pregunta del guerrero ¿Volveré?, le respondían: “Irás volverás no morirás en el campo de batalla”. De esta manera, si aparecía algún familiar de un guerrero muerto en combate, pidiendo explicaciones, la pitonisa solo tenía que matizar. “Efectivamente yo dije: Irás, volverás NO, morirás en el campo de batalla” por el contrario todo aquel que regresaba vivo pensaba que le habían presagiado correctamente su “fatum” (en la mitología romana era la personalización del destino), y seguía recordando el “Irás, volverás, no morirás en el campo de batalla”.
Y como último ejemplo de la importancia de la coma citemos aquel bazar que en su escaparate exhibía tres anuncios a los cuales les faltaba una coma:
  • “Hay pelotas para niños de goma”, (¿niños de goma?).
  • “Se venden guantes para niños de lana”, (¿niños de lana?).
  • “Línea de cremas para piernas de uso diario”, (¿Hay piernas que no sean de uso diario?).
Sí, en efecto deberían haberse escrito con una estratégica coma en cada una de esas frases que dirían:
  • “Hay pelotas para niños, de goma”.
  • “Se venden guantes para niños, de lana”.
  • “Línea de cremas para piernas, de uso diario”.
Si tomamos ésta última frase, podemos reconocer en ella el mensaje de que la línea de crema, no las piernas, son susceptibles de usarse a diario, como los puntos y las comas que también deberían ser “de uso diario” y no una cosa tan ocasional como resulta ser en la práctica actual.
Soy consciente de que las reglas gramaticales pueden resultar farragosas y/o extensas, al menos a veces, pero me resisto a no dejar algunos apuntes sobre su uso, por si pueden resultar útiles para alguien.
En definitiva, la coma (,) es un signo de puntuación que señala una breve pausa dentro del enunciado. Se emplea para separar los términos o conceptos de una enumeración, salvo los que vengan precedidos por alguna de las conjunciones y, e, o, u o ni. Por ejemplo: “Tengo perros, gatos, conejos y ratones” o “Mi casa no tiene persianas, toldos ni parasoles”.
Hay tendencias que admiten su uso para separar dos términos independientes de una oración, haya o no conjunción entre ellos, siempre y cuando sean realmente independientes; pues, si no, estaríamos en el caso anterior: “Los payasos saludaban, la gente aplaudía y los niños no paraban de reír”.
También se utiliza para delimitar una aclaración o inciso: “Julio, mi socio, acaba de editar su primer libro”.
Las locuciones conjuntivas o adverbiales, sea cual sea su posición, van precedidas y seguidas de coma, tales como: en efecto, es decir, en fin, por consiguiente, no obstante, sin embargo, y otras de la misma clase.
Pues ya sabes, “La coma no se come, así que, no te comas la coma”. Vuelve a la imagen del principio y decide que defiende: "LIBROS, NO BOMBAS" o "LIBROS NO, BOMBAS", lo cierto es que una simple coma lo hubiese resuelto.

jueves, 24 de marzo de 2011

VALORES - VI (BONDAD)

No tengo intención de referirme a la noción de bondad cómo fórmula de cortesía, para refrendar o expresar la amabilidad que esperamos de otros cuando hacemos una petición cómo: “¿Tendría usted la bondad de acercarme eso?” o “Ten la bondad de venir”. Realmente quiero referirme a la bondad cómo cualidad de bueno, es decir, a ese valor de las personas que les confiere una inclinación natural a hacer el bien.
Pero el concepto “bien” es un concepto tautológico, ya que está bien solo aquello que es bueno, por eso su definición puede resultar un tanto redundante. Por otro lado, la bondad como capacidad para hacer el bien necesita siempre del acto opuesto, es decir, algo está bien si lo opuesto está mal, por ejemplo “donar ropa, en buen estado, que ya no utilizas está bien”, porque está mal tirarla cuando otros no tienen con que vestirse.
Probablemente la bondad sea uno de los valores éticos que más apreciamos en los demás y a su vez se produce la paradoja de que en no pocas ocasiones se confunde con “debilidad”. A nadie le agrada ser el “bueno” del que todo el mundo se aprovecha, ese al que llaman “tonto de bueno”, la bondad es exactamente lo contrario, es la fortaleza que tiene quien sabe controlar su carácter, sus pasiones y sus impulsos para convertirlos en afabilidad.
Cómo todas las virtudes humanas, su manifestación tiene lugar a través del cómo se actúa, por ejemplo hay ausencia de bondad cuando ante el error que comete alguien y casi saboreando las palabras, nuestro ego nos empuja a sentenciar “no quiero decir que te advertí, pero… te lo dije”, nos empeñamos en poner “el dedo en la llaga” demostrando lo sabio que son nuestros consejos, pues bien, eso no es bondad, bastante tiene el que cometió y admitió el error y que incluso más que probablemente esté pagando las consecuencias. Tampoco es bondad cuando bajo la sentencia “¡Es por tu bien, lo hago porque te quiero!” podemos llegar a cometer una verdadera barbaridad, si estamos actuando conforme a nuestra realidad, con ausencia absoluta de respeto hacia la libertad del otro.
La bondad se manifiesta desde el pensamiento, las emociones y los actos, una persona bondadosa emana alegría, seguridad y confianza, una persona bondadosa no actúa conforme al ¿Tú o yo?, sino conforme al “nosotros” y es que la bondad es como un motor interno que impulsa a la persona a buscar a su alrededor y de manera constante.
No me imagino la bondad de la que hablo sin humildad, sencillez y respeto hacia la dignidad de los demás. La bondad no es prepotencia ni paternalismo, ni la arrogancia del “hacedor y conocedor del bien”. La bondad parece tener mucho más que ver con la paciencia. Una buena persona es paciente y concede a los demás la libertad y margen de error que todos necesitamos en la vida, una buena persona muestra una sonrisa fácil, afable y unida a la ternura, y desde la empatía y la generosidad trata de generar alegría alrededor.
Pero una persona en el ánimo de "exaltar" su bondad, puede subrayar "lo bueno que ha sido", "todo lo que ha hecho por su familia", "cuánto se ha preocupado por los demás" y eso por supuesto no es bondad. La bondad es generosa y no espera nada a cambio. No necesitamos hacer propaganda de la bondad, porque entonces pierde su valor y su esencia. El hacernos pasar por incomprendidos a costa de mostrar lo malos e injustos que son los demás, denota un gran egoísmo. La bondad no tiene medida, es desinteresada, por lo que jamás espera retribución. Podemos añadir que nuestro actuar debe ir acompañado de un verdadero deseo de servir, evitando hacer las cosas para quedar bien... para que se hable bien de nosotros.
Creo que cualquiera sabe cuando está actuando con bondad, con independencia de su objetivo, porque la bondad no nos aleja de nuestros propósitos, al contrario, puede elevar nuestro nivel de entendimiento y superarlos.
Elegimos ser buenos cuando dejamos de creer que los demás son culpables de nuestros males.

martes, 22 de marzo de 2011

ACTITUD INNOVADORA

Acabo de leer el libro “La actitud innovadora”, un libro de Antonio Flores, CEO de Loop Business Innovation, a quién muchos apuntan como uno de los mayores expertos europeos en innovación y que en el citado libro afirma: “La actitud innovadora” que las personas y organizaciones que desean hacer de la innovación una forma de gestión de su vida profesional o su negocio deben tener los siguientes 5 rasgos: habituarse a vivir en la incomodidad; tener siempre una actitud de punto de salida; los innovadores actúan como filtro de conocimiento; son aplicadores de conocimiento y necesitan colaborar con otras empresas y personas.
“Si es cierto que nos encaminamos hacia una economía cada vez más de oportunidades y menos de estructura, empresas y profesionales deberán habituarse a vivir en la incomodidad, a gestionar la incertidumbre y aceptar continuamente el reto que representa explorar ideas de negocio realmente nuevas”, afirma. En su opinión, no saber gestionar la incertidumbre llegará a convertirse en un problema “grave porque vivimos en un mundo en el que las oportunidades serán rápidas, y tendremos que estar preparados para montar y desmontar organizaciones y currículos individuales a fin de aprovechar las ocasiones que se nos presenten”. Señala que se impone un cambio en la forma que hoy tenemos de entender la comodidad, y que “es necesario que aprendamos a ser más elásticos”.
El segundo principio para generar un nueva forma de gestión, es tener siempre una actitud de punto de salida, “tomar una y otra vez la salida exige que seamos capaces de montar y desmontar rápida y sucesivamente nuestra infraestructura para adaptarla a cada nueva oportunidad que detectemos y queramos explotar”. Afirma también que el pasado no sirve para justificar el futuro, “el pasado sirve para traernos hasta el lugar que hoy ocupamos y conferirnos la visión que tenemos en estos momentos, pero hemos de estar siempre preparados para tomar nuevamente la salida hacia nuevas fronteras e introducirnos otra vez en espacios de incomodidad”.
Añade también que los sujetos y las organizaciones innovadoras son un filtro personal e irrepetible, capaz de producir nuevo conocimiento a partir del conocimiento recibido. “El innovador (añade) es la persona que posee un buen conocimiento transversal, adquirido a través de la experiencia laboral, de la vida cotidiana, de sus aficiones, de sus conocidos, y de cualquier otra fuente, y lo aplica en cada momento a la consecución de un objetivo particular”.
En quinto lugar, habla de la necesidad de colaborar con otras empresas o personas.”Todos estamos más capacitados para iniciar o para ejecutar, y por lo tanto, necesitamos relacionarnos con quien está más dotado para la actividad complementaria”. En su opinión, el valor de las personas y empresas innovadoras no radica en explotar una idea, sino en generar constantemente nuevas ideas.
Concluye afirmando que la economía futura girará en torno a cómo se presentan las oportunidades y cuál es la mejor forma de aprovecharlas. “Dado que las oportunidades muestran una tendencia a ser cada vez más efímeras, será necesario explotarlas con mucha mayor rapidez y con estructuras que sean también lo bastante efímeras para poderlas montar y desmontar en poco tiempo. Si mi valor como persona o como empresa consiste en generar ideas, lo que debería hacer es poner en marcha la producción e ir a por la siguiente”.
Para Antonio Flores, existe en torno a la innovación una maraña de confusiones e indefiniciones “que están próximas a convertir el término en lo que el lingüista Samuel I. Hayakawa denominó purr-words o palabrasronroneo: términos cuya sobreutilización los rinde vacíos de significado literal y acaban por comunicar únicamente una alabanza poco definida…”
“La innovación empresarial necesariamente debe ser una actividad proactiva, alineada con el plan estratégico de la empresa, grupal y multidisciplinar, que coordina en base a las necesidades la acción desde el interior de la empresa (acciones de mejora continua y de explotación del valor existente) con las realizadas desde el exterior (acciones de ruptura o de nuevos escenarios de oportunidad). Siempre debe estar orientada al corto plazo, con objetivos claros y bien definidos y orientada a la aplicación del conocimiento ya existente en la organización o en el exterior de la misma”.
Aspectos, en mi opinión aplicables en el plano personal, siendo mi plan estratégico mi “visión”, aquello que deseo sea mi vida en el futuro.

domingo, 20 de marzo de 2011

VALORES - V (AUTODOMINIO)

Sócrates exigía a sus alumnos solo una virtud: la “enkrateia”, es decir, “ser dueños de uno mismo” o “autodominio”. El “autodominio” es el valor que nos ayuda a superar los vaivenes de los estados de ánimo, o nuestros gustos del momento.
Una persona dueña de sí misma muestra serenidad, sobriedad y trato fácil y sencillo, sabe escuchar y estar pendiente de los demás con los que exhibe grandes dosis de paciencia, el autodominio es un valor recomendable para toda persona con responsabilidades sociales, por ejemplo cargos públicos, o referentes de otros como sería el caso de un facilitador (técnico en formación).
Hacer siempre “lo que te da la gana” no es libertad sino falta de autodominio, pues no estás haciendo lo que quieres sino lo que “la gana te da”. Para hacer  “lo que quiero hacer” hace falta vencer a la “gana”, y tener dominio sobre uno mismo. La falta de autodominio nos hace creernos el ombligo del mundo, acaparar las conversaciones, presumir de los logros, despreciar todo lo que no viene de uno mismo.
Por tanto, autodominio es el valor que nos ayuda a controlar los impulsos de nuestro carácter y la tendencia a la comodidad mediante la voluntad. Nos estimula a afrontar con serenidad los contratiempos y a tener paciencia y comprensión en las relaciones personales.
En ausencia del autodominio se llegan a realizar acciones poco adecuadas, sin autodominio estamos expuestos a caer en excesos. Algunas corrientes opinan que la fuente para lograr el autodominio provienen de correctas técnicas de relajación y no seré yo quien niegue que puedan resultar favorables pero me inclino más por la tesis de que los valores se forjan a través del ejercicio diario, y con el esfuerzo preciso para reconocer y asumir aquellos rasgos menos favorables de nuestra personalidad.
El autodominio reconoce como combustibles preferidos para propiciar el rendimiento más alto posible: al conocimiento profundo de uno mismo, la humildad para reconocer los propios defectos y la voluntad y firmeza para vencer o modificar hábitos no deseables, recordemos que la condición de hábito no confiere la cualidad de idóneo pues si yo mecanizo hacer mal algo, requeriré de autodominio (autoconocimiento, humildad y voluntad) para desterrar o modificar dicho hábito.
El autodominio también es aprender a tolerar, a pasar por alto pequeñas fricciones cotidianas, no es desentenderse sino dar muestras de serenidad, comprensión y cariño, muy recomendable tanto para las relaciones familiares como con amigos o compañeros de trabajo; te ayuda a estar pendiente de las necesidades de los demás y atenderlas, frente a la tendencia cómoda de esperar ser atendido.
El autodominio o autocontrol es una de las prácticas más difíciles de aprender. Muchas veces nos encontramos enfrascadas en discusiones en las que cada parte quiere resaltar sus razones y en nuestro empeño de hacerlo perdemos el control del tono, volumen y formas de hacernos entender. Y además en un momento de ira o cólera podemos llegar a decir cosas que ni tan siquiera sentimos.
Mi abuelo me decía: “antes de reaccionar cuenta hasta diez” y tenía toda la razón, el sentido común nos dicta que cuando se está enojado o dolido por alguna acción en contra de nosotros, es imposible llegar a un acuerdo y entonces descubrimos que sí, que es mejor contar hasta diez y de ser posible contar hasta cien, para darnos la oportunidad y dársela a nuestro interlocutor de llegar a la calma.

sábado, 19 de marzo de 2011

¿TE APUNTAS?

Vengo de un periodo de tiempo de nervios, aceleración y una persecución permanente de una u otra cosa; sin descanso y con la sensación de correr detrás de una zanahoria, sin llegar a donde pretendía, pero con una clara recompensa ¡Insatisfacción! Por eso creo que ha sido una suerte la ocurrencia de escribir una serie dedicada a los “Valores”, valores morales que yo denominaba buenos, porque sin darme cuenta me he visto inmerso en un proceso de reflexión sobre aspectos nada materiales.
¿Mi locura? Simplemente pretender avanzar tan rápido como el mundo, la velocidad del desarrollo tecnológico y los avances en medicina, nos proporcionan cada minuto una “mejor” vida, y es que, en general, damos por sentado que en la actualidad tenemos mejor vida, sin ser conscientes que el vertiginoso desarrollo tecnológico nos lleva a descuidar nuestro desarrollo espiritual, nuestro crecimiento personal.
Esa loca carrera por el día a día nos proporciona algunos trofeos como insatisfacciones, frustraciones y a veces tristeza, confundimos la felicidad con la posesión por lo que dedicamos nuestros esfuerzos a “tener” y en plena era de la comunicación con telefonía móvil e Internet, se nos ha olvidado decir “te quiero” a hijos, padres y amigos, y lejos de comunicarnos eficientemente, apenas palabreamos, faltan conversaciones y eso hace las relaciones personales más distantes; el trabajo lleva muchas horas cada día a los padres y los hijos pasan más tiempo delante del ordenador que con sus padres o amigos.
La violencia, el rencor, el odio, la injusticia, la frustración, la tristeza son los ingredientes de una receta para un guiso desalentador, hemos convertido el mundo en una olla a presión repleta de desigualdades, inclemencias y guerras, hay millones de personas que sufren y pasan hambre, proclamamos que nos sobrecoge pero nuestra locura, nuestra carrera, nuestra guerra particular nos impide intentar cosas para que algo cambie y por ello, aunque digamos lo contrario, las consecuencias son idénticas a que el dolor de los demás no nos importe o que cerremos los ojos ante lo que les pasa al resto.
Muy pocas personas, si es que hay alguna, necesitarían pensar antes de responder con un rotundo SI a ciertas preguntas, preguntas del tipo: ¿Te gustaría un mundo sin guerras? ¿Querrías un mundo donde nadie pasase hambre? ¿Harías desaparecer la desigualdad y la discriminación?, etc., la respuesta sería siempre contundente y afirmativa pero hay una pregunta bastante más difícil de responder, al menos hacerlo con absoluta sinceridad ¿Y qué haces para ello?
Cambiar el mundo suena a utopía, yo desde luego no lo pienso ni intentar, pero cambiar cosas en uno mismo parece bastante más asequible, aunque no sea fácil, y eso si me lo he propuesto, voy a trabajar para "moldear" mis valores, mi forma de juzgar a los demás, como potenciar una escucha empática, etc., y si algo cambia en mí, algo cambia en el mundo, por insignificante que sea; y si llegásemos a ser muchos los que lo hiciésemos seguramente estaríamos realizando una gran contribución a la humanidad, restituyendo lo que nosotros mismos hemos sustraído.
Para mí va a ser como el regalo del “amigo invisible” ¿Te apuntas?

viernes, 18 de marzo de 2011

VALORES - IV (AUTENTICIDAD)

Autenticidad es ser realmente uno mismo en cualquier situación. Esta podría ser una definición precisa e inequívoca de autenticidad, pero… ¿Qué significa realmente “ser uno mismo”?

Ser uno mismo es sencillez, porque es lo que surge después de que se ha eliminado lo complejo, lo compuesto, lo adquirido. La autenticidad es expresión genuina de la liber­tad interior, libertad que está reñida con todo condicionamiento. Esta libertad interior se traduce en “disponibilidad”. Disponibilidad que significa que la persona no está encerrada dentro de una estructura prefijada, que no tiene que hacer un esfuerzo para salir de esa estruc­tura y poder alcanzar otra. La autenticidad es ser y estar en el “centro”, es decir, en el punto óptimo para encaminarse en cualquier dirección. La autenticidad es, al mismo tiempo, una expe­riencia constante de satisfacción, de gozo, de felicidad, porque se está viviendo ese contenido profundo, ese contenido de plenitud.

Desde luego no es autenticidad “el automatismo”. El automatismo, sea el que sea, es por definición opuesto a la autenticidad. Automatismo quiere decir que se está actuando en virtud de un principio de funcionamiento en circuito cerrado, es decir, que se trata de algo adquirido, algo ajeno a uno mismo, aunque esté incorporado a nosotros. Por lo tanto, queda fuera de la noción de autenticidad, aunque no quisiera que esto se entendiese como una descalificación del automatismo, para mí necesario en los “hábitos” de los que soy un incuestionable defensor.

Tampoco es autenticidad “la impulsividad”, aunque a veces se suele con­fundir. Y es que la impulsividad es simplemente la expresión de algo que llevamos dentro, pero no es lo esencial. El impulso tiene una finalidad propia, pero es una finalidad que satisface exclusivamente algún aspecto de la personalidad.

Ni siquiera “la sinceridad” es lo mismo que la autenticidad. Sinceridad significa que una persona, al expresarse, no en­gaña, que habla de acuerdo con lo que siente, con lo que ve. Pero esto no basta para que la persona sea auténtica.
Lo que creo es que el marco social que nos ha tocado vivir ha convertido la autenticidad en un valor en desuso, hasta dudo si es un valor deseable en un mundo conformado por “normas”, probablemente necesarias. En ningún momento de nuestra educación se nos ha impulsado a conocernos a nosotros mismos, sencillamente se nos enseña a compararnos.

Hemos aprendido que nuestro valor no está en nosotros mismos sino en el valor de nuestras actividades, de nuestro rendimiento, pero siempre haciéndolo en términos comparativos: mejor qué…, peor qué…, más qué…, menos qué…, lo que nos lleva a estar pendientes de los esquemas de valoración social, no en vano, algún día, alguien nos dijo “una persona vale lo que es capaz de hacer”, en esos momentos nos colocó a merced de nuestra “cotización social” y solo nos hará sentirnos satisfechos, no el ser auténticos, sino ser aceptados y reconocidos por los demás. Y esta necesidad de aparecer de un modo, para merecer unos juicios determinados, nos aleja cada vez más de nues­tra posibilidad de ser. Hemos de cuidar las apariencias ante los demás y ante nosotros mismos.

Nosotros, en nuestra esencia más profunda, no somos lo que viene del exterior: datos, hechos, modos de conducta, etc., somos la fuerza y el potencial del “Yo”, es del “Yo” de donde surge toda nuestra capacidad energética. La vida no es un proceso de incorporación de fuera hacia dentro, es un desdoblamiento de dentro hacia fuera, por ello cuanto más constriñamos nuestra autenticidad, más limitaremos nuestra carga de energía.

Creemos que la felicidad nos vendrá del éxito, de la correspondencia en el amor, de la obtención de un cargo determinado, de lo que sea, pero siempre del exterior. No obstante, es muy claro que toda nuestra capacidad de goce surge solamente cuando algo dentro de nosotros contesta a algo externo. Es nuestra respuesta interior la que produce el goce; el exterior lo provoca, lo despierta, lo estimula, pero no lo produce. Sin embargo en esto solemos confundirnos y luchamos por obtener beneficios exteriores y nos sentimos desgraciados cuando esos beneficios se frustran ante nosotros.

Cuando me creo “ser esto o lo otro”, no soy “Yo”, estoy filtrando a través de mi mente, estoy juzgando, interpretando en función de mis deseos y de mis temores, pero reconozco haber necesitado “salir” del tipo de vida habitual de los últimos años y contar con días “especiales”, serenos, para reflexionar y desarrollarme en la práctica de no “necesitar ser” sino  “ser”; estoy aun en el camino pero reconozco que la simple idea de poder estar recorriéndole me hace sentir muy bien.

¿SE VAN "LAS CAJAS"?

Sin duda alguna existen voces que proclaman que asistimos a una operación de derribo de “Las Cajas”; desde luego puede ser que sí pero puede ser que no, y también pudiese resultar ser la consecuencia de cómo y por qué nacieron, de cómo evolucionaron y de lo hoy representan, por si así fuera, me voy a limitar a tratar de biografiar el devenir de “Las Cajas”.
El origen de las cajas de ahorro está atado históricamente a las instituciones de tipo benéfico, especialmente a los “montes de piedad”. Instituciones ya presentes en el S. XV, con inspiración fuertemente religiosa. La finalidad del “Monte de Piedad”, como institución benéfico-social, era atender las demandas de las clases sociales más necesitadas de protección, a través de la concesión de préstamos gratuitos, es decir, libres de intereses, garantizados fundamentalmente con alhajas y ropas. En 1836 se plantea por primera vez el cobro de un interés en los préstamos concedidos, para cubrir los gastos de administración que generaba la actividad del Monte y para asegurar el futuro económico del mismo.
Algunos años después por “Real Orden” empiezan a fundarse las Cajas de Ahorro, con base en los “Monte de Piedad”, con una finalidad: Apoyar a colectivos poco atrayentes para la gran banca, como pequeños ahorradores, pequeñas empresas, pensionistas, comercios, jóvenes, etc. En definitiva y hasta bien entrado el S. XX, “Las Cajas” seguían siendo entidades meramente de ahorro y, a través de los “Monte de Piedad” constituían una parte fundamental del sistema financiero, dando cobertura a quienes no tenían más opción que empeñar sus bienes.
Enrique Fuentes Quintana (a quién debo mi inclinación por los temas fiscales ya que fue mi profesor de “Hacienda Pública” y me hizo entender la importancia y trascendencia de la fiscalidad), mediante lo que se conoce como “su reforma de 1977”, colocó a las Cajas en el mismo escalón de funcionamiento que los bancos, posibilitando así su rápido desarrollo con acceso a la distribución de productos y servicios vedados hasta entonces. Pero al mismo tiempo, pienso que lamentablemente, esa reforma vino a suponer la toma del control de las Cajas por parte de los partidos políticos, quienes, a través de los diversos organismos de la Administración Pública, introdujeron sus representantes en las Asambleas y Consejos de Administración.
Posteriormente, la llamada LORCA (ley 31/1985) dio presencia a las comunidades autónomas en los órganos de gobierno de estas entidades. Así, el gobierno de las cajas de ahorro pasó a estar controlado en parte por gobiernos autonómicos y “agentes sociales” como los sindicatos.  Eso, junto a que “Las Cajas” tienen un estatus jurídico indefinido, permite que se conviertan en una especie de “bancos de desarrollo” al servicio de caprichos políticos (por ejemplo, el quebrado aeropuerto de Ciudad Real).
Saltando a los momentos actuales, la nueva legislación para el reforzamiento del sistema financiero, aprobada el pasado 18 de febrero (Real Decreto-Ley 2/2011), podría no ser suficiente para que las entidades logren mayores recursos propios, ya que pone el acento en la ratio de capital en lugar de en la transparencia en la valoración de los activos, mayoritariamente inmobiliarios en el caso de “Las Cajas”.
No es baladí reflexionar sobre la bondad del imperativo de elevar el ratio de recursos propios por encima del umbral marcado por Basilea III, lo que supone, además de un reconocimiento implícito de la falta de credibilidad del sistema en su conjunto, una desventaja para las entidades españolas frente a sus competidores internacionales.
Esta reforma legislativa viene a modificar la todavía muy cercana de julio de 2010, es una especie de “donde dije digo, digo diego”, y a pocos meses de haberlo dicho, lo que desde luego no transmite ni confianza ni credibilidad y donde uno de los, aparentemente, primeros objetivos de despolitización de estas entidades financieras aun no esté nada claro.
Muchas dudas y una gran sorpresa al informarme en torno a este tema; la sorpresa no ha sido otra que la de constatar la insospechada vigencia que en la actualidad mantienen los “Monte de Piedad”, a los que sigue acudiendo en pleno S. XXI un sorprendente número de personas en busca de dinero “contante y sonante” con el que “ir tirando” cuando los gastos superan los ingresos. Las oficinas del Monte de Piedad (como otros comercios de compraventa de oro y joyas) están en pleno auge, de hecho el Monte de Piedad se ha modernizado y cuando entras a sus oficinas, como en las del INEM, lo primero que has de hacer es coger número en función de la operación a realizar, en este caso “depositar, recoger o renovar”, y esperar a que en el luminoso aparezca tu numerito, que puede tardar más de una hora, y exponerte al mayor o menor grado de vergüenza que te pueda generar lo que allí vayas a hacer.
Creo que no es precisa la aclaración pero la expresión “depositar, recoger o renovar” implica acudir a dichas oficinas buscando dinero depositando a cambio una “prenda”, acudir dispuesto a reintegrar el dinero junto a sus intereses para recoger la “prenda” o renovar el acuerdo tratando de obtener un nuevo periodo y evitar la subasta pública que implicaría la pérdida de la “prenda”.
En definitiva, mi sensación personal, que no tiene porque ser correcta, es que todos estos movimientos normativos abren expectativas pero no cierran ninguna: se permite la privatización, pero no se exige; se permiten que muchas cosas cambien pero prácticamente desde la permisividad de que no cambie nada. Creo que asistimos a una falta de dirección y definición que puede llegar a perjudicar la reestructuración del espacio financiero español. Por ello y desde mi atalaya creo que asistimos a una ley deficiente para un modelo deficiente.

jueves, 17 de marzo de 2011

¡UN PARENTESIS!

No, no, no voy a dejar de escribir sobre VALORES, seguiré escribiendo sobre todos y cada uno de los que enumeré, y alguno más si me llega alguna sugerencia o petición, que hasta el momento no se ha producido, lo que pasa es que he decidido hacer un paréntesis, dar una tregua, para ni aburriros ni aburrirme, pero seguiré escribiendo sobre dichos VALORES. Este “Kit Kat” viene motivado porque necesito opinar de cosas diferentes, por revelarme contra mí mismo, y mi programa, un guiño al “método pero con respiración asistida”. Jajaja…

miércoles, 16 de marzo de 2011

VALORES - III (AMOR)

Lejos de toda tentación poética pero con precisión académica y etimológica hemos de decir que AMOR es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Bonitas palabras que componen una fea y fría definición de algo que cuando menos debiera presentar ternura.
El amor es un concepto universal pero a la vez es un concepto amplio que abarca una gran cantidad de sentimientos diferentes que van desde el deseo pasional y de intimidad que podríamos llamar amor romántico, hasta la profunda unidad o devoción del amor religioso, pasando por el sentimiento de proximidad emocional asexual del amor familiar o del amor platónico.
Las emociones asociadas al amor son intensas y poderosas, llegan incluso a manifestarse como irresistibles. Sin ninguna duda, el amor en sus distintas manifestaciones es un poderoso motor de las relaciones interpersonales, es un elemento psicológicamente fundamental en las personas y evidencia clara de ello es el protagonismo del amor en todo tipo de artes creativas (literatura, pintura, escultura, música, etc.).
En la vida humana hay diferentes formas de ver las cosas. Un poeta ve un bosque de una manera, un maderero de otra; ambos piensan y razonan con rigor, siguiendo la pauta que les marca su propósito final. Esa pauta tiene una peculiar coherencia, una lógica específica y especial en el amor, una lógica que no está sometida al cálculo, ni a la previsión de ventajas, ni al logro de eficacia; por eso se dice que “el amor es ciego”.
La grandeza del amor auténtico radica en que su meta es la persona amada, no la posible recompensa a obtener. Amor condicionado no es amor, es interés, el amor verdadero realza al ser amado, lo considera como algo digno de ser estimado de forma incondicional, absoluta, desligada de todo.
El amor personal significa una forma de encuentro, a través del encuentro nos realizamos como personas, el amor meramente erótico, que prescinde de la creación de amistad para reducirse a pasión, nos lanza por la pendiente del vértigo que conduce a la soledad y asfixia a la persona. El amor cuando se entiende como mera pasión tiene un carácter posesivo. “¡La poseí!”, decían los galanes en nuestras comedias clásicas para indicar que habían tenido una relación erótica: es un grave error confundir amor con posesión, porque el que posee a un apersona no puede encontrarse con ella.
Sinceramente creo que padecemos un cierto analfabetismo sentimental o emocional lo que dificulta la práctica del amor inteligente, un amor que se expresa con efectividad madura, que expone abiertamente los sentimientos y la razón, pero sin desprenderse de la ternura ni la espontaneidad. Parece que los avances científicos y tecnológicos deben racionalizarnos cada vez más estrangulando o empobreciendo nuestra preparación y desarrollo emocional, fundamentalmente en valores reconocidos como positivos.
Amor, pasión, entrega, todo ello se viene representando a través de la simbología que desde tiempos inmemoriales ha ido acuñando todo lo relacionado con el amor, por citar tal vez los más significativos recordemos los corazones, las flores, los bombones y como no a Cupido con su arco y sus flechas cargadas con la pócima del enamoramiento.
Y los ingredientes para una receta de amor duradero:
  • Entregarse al otro, buscando lo mejor para él.
  • Lo importante es lo pequeño, el amor no se llena de grandes obras.
  • Evitar ser excesivamente susceptible, puede llegar a imposibilitar una convivencia razonable.
  • Capacidad de reacción, para evitar tensiones y periodos prolongados de falta de diálogo, gestos negativos, etc.
  • Mejorar las habilidades comunicativas, cuidando el lenguaje verbal o corporal y sabiendo escuchar.
  • Evitar sacar la lista de agravios. Si la palabra es plata, aquí el silencio es oro.
  • Don de la oportunidad, evitando momentos de cansancio o tensión para plantear cuestiones conflictivas.
  • Cuidar la sexualidad, de forma inteligente, tierna y atendiendo a las necesidades mutuas.