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miércoles, 26 de junio de 2013

COBARDÍA



Es evidente que la condición de cobarde tiene muy mal cartel, que te asigna el papel de ser una persona pusilánime, sin valor, ni espíritu; pero por ejemplo ser pusilánime implica la falta de ánimo y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes. Eso me hace pensar que la cobardía más que una condición es una carencia.
Al menos así nos lo presenta la RAE al definir la cobardía como falta de ánimo y valor, es decir la ausencia o carencia de dichos elementos, esto me sugiere que la pelea hemos de enfocarla no en el destierro de la cobardía, que es un resultado, sino en el fomento del ánimo y el valor para superarla.
El ánimo “de acometer” sin duda exige esfuerzo, energía, intención y voluntad y el valor precisa de la resolución de acometer nuevas empresas incluso afrontando ciertos riesgos y dudas, la cuestión es ¿Qué nos impide desprendernos de lo que nos condiciona y coarta?
Todo ello me conduce a un nuevo concepto limitante que nos paraliza o condiciona, este no es otro que el miedo, pero… ¿Qué causa el miedo que te aboca a la cobardía? El miedo es una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño que puede ser real o imaginario. El miedo es un recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Como ya describí en una entrada anterior, el miedo es una emoción dolorosa, motivada por la sensación de proximidad de un peligro, un peligro que efectivamente puede ser real o imaginario; el miedo es un instinto común a todas las personas del que nadie está totalmente libre y viene acompañado del deseo de evitarlo para escapar de una amenaza. Estos temores que brotan de nuestro interior van a condicionar nuestras actitudes ante la vida, yendo desde la simple timidez hasta el pánico exacerbado, pasando por la alarma que puede llegar a atenazar nuestro ser y hacer.
Sentir miedo no es ser cobarde, ser cobarde es no hacerle frente. Cuanto antes empieces a suministrarte el antídoto, mayores serán las posibilidades de parar el proceso de paralización y aumenta la probabilidad de romper las cadenas que te impiden avanzar ante las cosas, ante los demás y, lo más importante, ante ti mismo.
El antídoto se llama determinación, alimenta la firmeza de carácter y tonifica nuestra voluntad, la determinación es algo así como la vitamina que afianza nuestra capacidad para tomar decisiones incluso ante temerosos casos de duda.
Si hay cobardía es porque hay un miedo, si hay miedo es porque hay un recelo o aprensión de lo que pueda suceder y ese es el momento de elegir entre quedarte atrapado en el inmovilismo o de tomar una decisión, de afrontar las consecuencias de nuestra elección y sin obsesionarnos por el posible resultado, pues sea cual sea, si somos capaces de gestionarlo siempre nos dejará un legado.
El proceso de sanación, bueno mejor utilizaré el de superación para evitar connotaciones que puedan parecer exotéricas, es un proceso que requiere dos fases de terapia, una inicial de choque a base de determinación para impulsar la toma de decisiones y una preventiva de mantenimiento, consistente en aplicar sobre los resultados la reflexión desde la humildad y la autocrítica y no solo analizando lo que hemos hecho o no, sino si las expectativas eran razonables.
Las personas no nacemos cobardes, no es una herencia genética, la cobardía es una conducta que nos sobreviene por una u otra razón y toda conducta es modificable, pero modificar una conducta exige modificar hábitos lo que a su vez precisa de compromiso y esfuerzo.

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