RICOBLOG

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jueves, 26 de diciembre de 2013

¿EMPEZAR DE CERO?



Hoy me gustaría precisar la expresión “Empezar de cero” y no por estar o no a favor de ella, sino por creer que con demasiada frecuencia se utiliza con excesiva ligereza, incluso a veces como argumento para volver a intentar algo cuyo resultado no nos resultó gratificante, pero necesitamos justificarnos ante nosotros y/o ante los demás; sin embargo, “Empezar de cero” suena a pretender una página en blanco, como si nada que tuviese que ver con que lo no logrado hubiese sucedido.

El ejercicio de regresar al principio para volver a intentar de nuevo algo, después de un tropiezo, puede ser constancia, persistencia, tenacidad y ¿Por qué no virtud?, pero… ¿Empezar de cero?, incluso cuando se nos derrumba un castillo de naipes que estamos a punto de terminar y del que no queda ninguna carta en pie, volver a intentarlo se inicia desde un punto que no es cero, hay un aprendizaje previo, o debería haberlo.

Cuando un tropiezo nos devuelve al punto de partida experimentamos un cierto sabor a fracaso por haber cometido algún error o no haberlo conseguido en el intento; esa sensación, en determinado grado frustrante, nos exige atenuarla y no solo ante los demás sino ante nosotros mismos, es lo que nos conduce a reformular la expresión “Empezar de nuevo” por “Empezar de cero”.

“Empezar de nuevo” muestra una prueba de no rendición pero afecta a nuestro orgullo emocional, suena a menos valiente que “Empezar de cero” que trata de mostrar nuestra disposición a romper con todo, a borrar páginas anteriores para dejarlas en blanco y volver a escribir sobre ellas. Un nuevo intento no significa empezar de cero, lo cual es imposible, un nuevo intento  implica aprovechar toda la experiencia acumulada en procesos anteriores, incluida la posibilidad de conocer donde podemos equivocarnos o tropezar una vez más.

Por otro lado, la pretensión de “Empezar de cero” me suena a renegar del pasado, a negación de lo que sucedió y de lo que uno fue; lo ideal es aceptarlo y dado que no resulta modificable es conveniente intentar que llegue a ser aprovechable, pero si una tarea resulta difícil, sin duda, es tratar de evitar que el pasado hipoteque nuestro futuro.

Nuestra vivencia pretérita, en base a la experiencia y conocimientos adquiridos, dibuja la imposibilidad de “Empezar de cero” por lo que la mejor solución es convertirla en aliada para “Empezar de nuevo”, y transformar en posibles ayudas puntuales unos recursos que en su día no nos parecieron nada más que inconvenientes, errores o fracasos.

Nunca negaré que alguien sienta la necesidad de romper ataduras o cambiar el rumbo de su vida, simplemente mi punto de auto-debate se centra en que algo tan lícito y plausible no es un empezar de cero sino un empezar de nuevo. Lícito por la libertad personal e individual que todos tenemos y plausible porque implica darse una nueva oportunidad y en tanto en cuanto el rendimiento esperado se nos presente como beneficioso merece la pena darse una segunda, tercera o enésima oportunidad.

Admitir la imposibilidad de “Empezar de cero” y abrazar la de “Empezar de nuevo” viene a ser como asumir el pasado, vivir el presente y confiar en el futuro.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

ENVEJECER O MADURAR



Esta mañana al levantarme he puesto la radio mientras desayunaba, como suelo hacer bastante a menudo y allí estaba él, parecía que alguien le hubiese comentado que este domingo había sido mi sexagésimo segundo cumpleaños y desease hacerme algunas recomendaciones, escuché cada vez más atento, notando como me llegaban los mensajes de Serrat:

“Consume la vida a granel… Todo está por descubrir… Si la rutina te aplasta dile que basta de mediocridad… No mires desde la ventana y siéntate al festín… Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien… Hoy puede ser un gran día, y mañana también”.

Como no podía ser de otra manera mi cerebro se puso en marcha dando forma a diferentes tesis en torno al envejecimiento y cómo afrontarlo.

¿Miedo? ¡Sí!; las personas tenemos muchos miedos y entre los más frecuentes está el miedo a envejecer, miedo que en algunos casos alcanza el grado de pánico y es que mucha gente ve el envejecimiento como una maldición en lugar de algo que aunque inevitable no es un castigo; envejecer es un proceso natural y se puede encarar con más o menos armonía.

Por otro lado, de las definiciones de envejecimiento que he podido encontrar, que no han sido pocas, mi elección ha recaído en la que dice que: “Envejecer supone que una persona parezca más vieja de lo que en realidad es, y es que algunos envejecemos porque no maduramos” y esto se produce cuando nos cerramos a las nuevas ideas y nos volvemos radicales, probablemente porque lo nuevo nos asusta. Envejecemos si dejamos de luchar y cuando pensamos demasiado en nosotros mismos, lo que nos lleva a olvidarnos de los demás.

Tasa de natalidad, tasa de mortalidad, tasa de interés, tasa de paro y muchas, muchas tasas más, todas ellas utilizadas como elementos de medida, sin embargo, no he encontrado ninguna referencia a la tasa de envejecimiento, es cierto que en la última mitad de siglo pasado le hemos ganado un montón de años a nuestra vida, dato que va directamente a mejorar la tasa de mortalidad pero que no nos da información sobre si esos años que hemos ganado los empleamos en envejecer o en madurar.

Creo que nadie se ha atrevido a baremar una teórica tasa de envejecimiento, seguramente debido a la complejidad del concepto y variables intervinientes, al menos: edad, estado de salud y actitud mental. Existen personas que todos llamaríamos jóvenes pero que se comportan como si estuviesen al final de su vida, carecen de deseos, no poseen ideales, adolecen de alegría y les da lo mismo quedarse en la cama que levantarse, total para los planes que tienen… 

Pero también todos conocemos a alguna persona que por su edad o aspecto físico podríamos llamar “anciana” pero que se gana a pulso el sobrenombre de “increíble” por su actitud; se apuntan a cursos y talleres, excursiones y todo tipo de actividades, viven a tope, quizás como no pudieron hacerlo en su momento. Los expertos dicen que más importante aún que la cantidad de años adicionales  que los adelantos puedan propiciar, es la calidad de vida que se logren para los mismos.

Hace ya algunos años, no demasiados, que asumí que en la juventud aprendemos y en la madurez comprendemos y aunque es cierto que la edad va angostando nuestra juventud, es nuestra voluntad y actitud las protagonistas de convertirla en envejecimiento o madurez.

Yo este domingo cumplí 62 años y tanto tú como yo seguiremos cumpliendo años, tú con los tuyos puedes, si así quieres, envejecer. Yo con los míos intentaré seguir madurando.

sábado, 14 de diciembre de 2013

HACIA LA IGUALDAD POR LA DIVERSIDAD



Pongamos en marcha nuestra imaginación y especulemos sobre la posibilidad de un equipo de futbol o balonmano sin portero, una orquesta sinfónica sin instrumentos de cuerda, un proyecto empresarial nuevo sin plan financiero o una “peli” sin el malo; es evidente que en la mejor de las hipótesis podrían llegar a funcionar, pero estarían dejando fuera un aspecto de mejora por incorporar, ¿O alguien lo duda?

Sin portero, sin instrumentos de cuerda, sin plan financiero, sin el malo de la “peli” o sin la presencia posible y plausible de la mujer en los diferentes estamentos sociales, estaremos renunciando a ese potencial de mejora que su inclusión nos proporcionaría.

Dejemos la imaginación y aterricemos en el día a día, con sus contradicciones y con sus disparidades entre “el digo y el hago”; en el terreno de la autenticidad hay algo que no tiene sentido negar, cuando se plantea la presencia femenina en el segmento social más amplio posible surgen aspectos, que personalmente odio, como la “cuotas” o las “diferencias entre hombres y mujeres”, cuestiones que algunos llaman soluciones y argumentos, pero para mí son parches y justificaciones.

¿Por qué hablar de porcentajes donde hay que hablar de capacidades? Y si las diferencias son cualidades que distinguen unas cosas o personas de otras es evidente que solo procuramos resaltarlas entre semejantes, lo que convierte las diferencias en diversidad, y en ese orden no deberíamos hablar de hombres y mujeres sino de personas, pues cada ser es único e irrepetible, ¿Por qué tratar de meter a todo el mundo en dos sacos, uno para mujeres y otro para hombres?

Lo cierto es que se mantiene un frente abierto y abundan los argumentos en uno y otro sentido ante lo que sigue siendo un claro desequilibrio de género, yo he tratado de confeccionar una lista de protagonistas sospechosos y me salen unos cuantos: Políticos, empresarios, directivos, hombres en general y lo más llamativo, las propias mujeres.

También creo que existen modelos y roles avalados exclusivamente por convencionalismos trasnochados que poco, por no decir nada, ayudan al cambio, por ejemplo:

La condición biológica de la mujer para la maternidad suele inexplicablemente ser uno de los principales caballos de batalla y lo de inexplicable lo digo porque pertenecemos a un país con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y dudo seriamente que el peso específico de un embarazo, ocasionalmente dos, deba ser determinante en una carrera laboral, que de existir igualdad de oportunidades y condiciones, podría extenderse a 30 años o más.

Después viene lo de llevar los niños al médico, a la salida y regreso de las excursiones escolares, a los cumpleaños de los “amiguitos” y a las reuniones del APA, pero si tenemos en cuenta que tenemos una media de 252 días laborables al año, lo que supone unas 1.800 horas, estamos hablando de una exigencia que generalmente no alcanzará el 5% de la presencia requerida y que podríamos reducir a la mitad mediante un reparto equitativo con la pareja en esas necesidades de acompañamiento.

Pero lo que peor llevo es la existencia de esos hombres maravillosos, plenos de generosidad que proclaman a las cuatro vientos ¡Yo ayudo en casa!, una bandera que enarbolan orgullosos y sin rubor alguno ignorando o pretendiendo ignorar que las responsabilidades son inherentes a la pareja, por lo que ante dichas responsabilidades la actitud no puede ser la de ayudar sino la de asumir. Y es que mientras ayudar es “auxiliar o prestar cooperación”, asumir es “hacerse cargo o responsabilizarse”.

La igualdad no implica uniformidad sino diversidad, sería bueno tener en cuenta que los antecedentes lingüísticos, raciales, nacionales o económicos, ser hombre o mujer, mayor o joven, puede aportar facultades físicas y mentales diferentes, pero no diagnostican ni determinan superioridad o inferioridad respecto al resto.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

COMO SIEMPRE


A veces estamos tan acostumbrados a que las cosas sean de una determinada manera que no nos planteamos que podrían ser de otra. Justificamos muchas de las cosas que nos suceden con un “como siempre” y lo peor es cuando lo proyectamos hacia nuestro futuro, es como renunciar al protagonismo que debiéramos ocupar en el papel de cómo podrán ser las cosas y las condenáramos de antemano con la desalentadora sentencia de “como siempre”, sentencia que solemos utilizar exclusivamente para todo aquello que nos proporciona resultados insatisfactorios, incluso aunque sea algo que nos sucede por primera vez. Es como un canto a la mala fortuna.

En mi opinión, esta actitud nada plausible ni deseable no refleja rendición ni entrega aunque nos reste posibilidades, más bien quién la experimenta es víctima de un secuestro, alguien que se ha convertido en rehén de lo que solemos llamar “costumbre” aunque tal vez debería decir “malas costumbres” ya que las “buenas” nos proporcionan sensaciones diferentes.

No debemos olvidar que una costumbre es un hábito adquirido por la práctica frecuente de un acto y que muchas costumbres se van transmitiendo de generación en generación hasta convertirse en tradiciones. Por otro lado, teniendo en cuenta que toda persona, en unión de sus costumbres y tradiciones, responde a una determinada estructura mental, emocional y física, vinculadas en estrecha relación, los cambios no resultan cosa fácil.

La costumbre, cualidad simple y sencilla del ser humano, no es igual para todos, cada uno tiene sus costumbres y vive con ellas, para bien o para mal, también atesoramos ciertos automatismos para no volvernos locos, pero sí de nuestra colección de costumbres decidiésemos cambiar cualquiera de ellas nos resultará fatigoso; una vez que ha asumido la consistencia de rutina nos obligará a prestar atención a todo lo que estamos haciendo, y con la disposición y decisión de afrontar cambios en función de aquello que deseemos.

También resulta fácil observar que determinadas costumbres cuentan con aprobación social y otras no aunque sean relativamente comunes, pero también es frecuente que en determinados momentos de nuestra vida deseemos cambiar algo aunque finalmente no lo hagamos y lo dejemos pendiente para “mejor ocasión”, sin duda esta es una situación que deberemos afrontar más de una vez en nuestra vida con idéntico resultado, estamos centrados en la dificultad de cambiar y no en la insuficiencia del empeño que ponemos para lograrlo.

La posibilidad de valernos de la rutina para tratar de economizar tiempo y esfuerzo nos puede llevar a extenderlo a todos los ámbitos de nuestra existencia, pues es más cómodo.

Nuestro cuerpo y nuestra mente son de tendencia rutinaria y tal práctica a veces nos ayuda y otras, incluso, nos beneficia, esto me lleva a que no es necesario pretender desterrarlas totalmente de nuestra vida, pero nos aconseja ser selectivos y utilizar las rutinas que nos resultan propicias y no en función de todas las que nos condicionan como si funcionásemos en modo de piloto automático.

La costumbre es hacer…, hacer…, hacer…, siempre de modo similar lo que nos proporciona, una y otra vez, resultados parecidos, pero es más tóxico aun la costumbre de no hacer…, no hacer…, no hacer…, implica dejar todo para después; puede aparecer ante la duda o miedo a equivocarse ante las diversas elecciones que hemos de realizar. Los que dicen entender de esto lo llaman “procrastinación” y aunque solo sea por la palabra elegida para identificar esta actitud, no me extraña que sea tóxica.

Cuando la rutina nos agobia, es la señal de la conciencia que nos indica que hay que empezar a ser más creativo y cuidadoso, también con lo cotidiano.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

LAS COSAS A MEDIAS



Me atrevería a empezar con una sentencia: “Jamás nada se puede hacer a medias, se hace o no se hace”, sin embargo, razones habrá para que el lenguaje coloquial haya acuñado la expresión “hacer las cosas a medias”, seguramente para identificar y agrupar todas aquellas acciones iniciadas y no acabadas.


Iniciar es fácil, empezar es rápido y puede ser divertido; empezar transmite sensación de ocupación y supone el inicio de una carrera incierta: ¿Llegaré hasta el final de la acción iniciada?, ¿Será una nueva actividad inacabada?


Pero antes de satanizar o beatificar el hecho en sí, tal vez sea prudente fijarse en las razones que lo determinan. Dejar algo a medias puede resultar o no un problema a la hora de empezar otras acciones, el que sea de una manera u otra dependerá de haber tomado una decisión o una dejación.


Si decidimos desactivar una acción por el convencimiento de que no nos conduce a ningún resultado satisfactorio, lo que hacemos es liberar los recursos personales que estamos dedicando a algo que no nos gusta o no deseamos, en beneficio de poder iniciar otras que realmente queremos o aspiramos a hacer lo que nos convierte en sujetos libres, podemos equivocarnos o no pero desde luego no es un abandono, es un posicionamiento respecto a nosotros mismos.


La otra razón de las actividades inacabadas es el desistimiento, es la rendición, no siempre consciente, por falta de persistencia ante algo que nos exige algún tipo de esfuerzo, en esta versión si hay toxicidad pues abandonamos cosas que no nos abandonan, al menos no lo hacen fácilmente, y es que las tareas a medio acabar se convierten en una carga, convirtiéndose en un lastre que nos proporciona el agotamiento de un recuerdo permanente y machacón de aquello que aun tenemos inconcluso.

Cuando la razón del abandono pertenece al grupo de causas nocivas como la desidia, la comodidad, la indecisión o la pereza, entre otras, aparece un sentimiento de culpabilidad que te empuja a asociarte con aliadas como una naturaleza desorganizada e innata, pretendidamente inevitable y corresponsable de tu actitud. Caer en el hábito nada deseable de dejar las cosas a medias nos condena a caminar por tierras de la mediocridad y gastar una energía que en otras circunstancias no sería preciso consumir, además:


Divide nuestra atención: Tener cosas a medias e intentar hacer otras nos dispersa.


Constituye un retraso disfrazado: Solo supone diferir un problema con el que no hemos podido.


Produce sensación de bloqueo: Eliminando cualquier sensación de progreso y dificultando el inicio de cosas nuevas.


Incrementa el agobio: Agobio y tal vez ansiedad y estrés.


Te condiciona: Cómo cualquier hábito, la repetición provoca acostumbramiento.


Cuando nos levantamos por la mañana no hay un inversor dispuesto a financiar nuestro proyecto, nuestra idea o nuestro sueño, al menos a hacerlo así porque sí; nosotros y solo nosotros podemos propiciarlo, impulsándolo con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra ilusión. Las cosas no van venir hechas, tenemos que hacerlas nosotros y no tiene ningún sentido hablar y hablar sobre lo que vamos a hacer para luego ni iniciarlo o abandonarlo a medias.


Las cosas se dejan a medias cuando se habla demasiado o alardea de ellas, evidenciando luego la falta de consistencia para su ejecución.