RICOBLOG

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domingo, 10 de marzo de 2013

LAS DOS CARAS DE LA FAMA



Veo “la fama” como un destino similar al mítico “El Dorado”, algo perseguido con anhelo por muchos, con gran empeño, aun conscientes de las posibles adversidades del camino a recorrer pero decididos a obtener el gran premio del brillo cegador, algo con lo que sueñan e incluso se obsesionan.
Debo advertir que todo lo que escriba aquí sobre la fama no es más que fruto de mi imaginación o presunción, es lo que yo creo que es y supone, ya que en mi caso personal nunca he estado afectado por ese sello; puedo llegar a admitir que en algún área de mi vida alcancé cierta notoriedad o relevancia, pero como resultado y no como meta y desde luego en ningún caso adquirí la vitola de famoso.
La fama se comporta como en determinadas culturas estableciendo o distinguiendo castas: famosos, famosillos y famosetes. Los famosillos y famosetes no son auténticos famosos o con pedigrí de serlo, son simplemente personajes que han aprendido a vivir a costa del morbo social que provocan.
Los famosos, gente guapa, con dinero y una legión de seguidores que les ensalza y enardece han de enfrentarse a la primera gran dificultad: aprender a gestionar tal “riqueza”, algo que muchos no logran y acaban sucumbiendo al fracaso, personas que carecen de la formación u orientación adecuada. Este es el caso de todos aquellos que se dejan invadir por la prepotencia, la soberbia, la vanidad e incluso la extravagancia.
Sin duda la fama podría representarse como un estatus de reconocimiento social que suele venir asociado a un más que confortable estatus económico, algo tan importante, aunque lamentable, en una sociedad en la que el dinero y el consumo están muy por encima de muchos valores que han desplazado o minimizado.
En mi opinión la fama tiene ventajas e inconvenientes, las ventajas suelen presentar una dimensión material nutrida de riqueza, glamour, fiesta y comodidades, los inconvenientes suelen instalarse en el terreno emocional, es el precio oculto que hace desaparecer el anonimato, la tranquilidad e incluso la libertad personal.
La fama tiene una parte luminosa que otorga a quién la ostenta un atractivo seductor ante los ojos de los demás, la contrapartida, su parte oscura, es la pérdida de intimidad, el acoso mediático y la persecución de su vida privada. Ante esta presión no son pocos los famosos que sucumben a alguna adicción poco saludable que acaba destruyendo su fama, su sueño y a veces su vida.
No sería justo no admitir que hay grandes ejemplos de famosos incólumes, serenos y que han sabido preservar su intimidad y sobre todo la de su familia, la pena es que supongan una minúscula muestra dentro de la infinita y desmesurada lista de los etiquetados como sobresalientes, en un mundo de parafernalia y artificiosidad.
Jorge Valdano decía que “la fama es tramposa e impostora”, y pienso que era una definición generalista, con independencia de que la actividad desarrollada sea laboral, deportiva o artística.
Desde el principio que respeto de que no existen verdades absolutas, reconozco encontrarme cercano a la sentencia de Valdano; creo que la fama es tramposa porque tiene capacidad para atraparte en sus redes sin que llegues a percibir su peligro e impostora porque no hace sino suplantar una personalidad distinta a la autentica que logra desdibujar hasta hacerla desaparecer.
Si mi concepción de la fama se aproxima a lo que es, solo puedo decir: aunque no tenga dinero, ¡Cómo me alegro de no ser famoso!

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